“Escúchenme todos y entiéndanme. Nada que entre de fuera puede manchar al hombre; lo que sí lo mancha es lo que sale de dentro.” Mc 7 ,15

Vivimos obsesionados con lo externo.

Lo que consumimos.
Lo que otros dicen.
Lo que otros hacen.
Las influencias, las tentaciones, el entorno, la cultura.

Culpamos al mundo por nuestras caídas y tememos al mundo por nuestra fragilidad. Pero esta afirmación desafía esa lógica: el verdadero origen del bien y del mal no está fuera de nosotros. Está dentro.

Esto no significa negar que existan influencias dañinas. Existen. Y afectan. La tecnología, el exceso, el placer inmediato, la cosificación del otro, la pérdida de equilibrio interior… todo deja huella. Pero ninguna influencia externa puede gobernarnos sin nuestra participación interior.

El punto crítico no es lo que entra.
Es lo que encuentra terreno fértil en nosotros.

La envidia no nace del objeto visto.
La violencia no nace del insulto recibido.
La degradación no nace del estímulo observado.

Nacen de aquello que permitimos cultivar.

La verdadera batalla humana no es contra el mundo. Es contra la complacencia interior, contra el abandono de la voluntad, contra la renuncia a la responsabilidad personal.

La fuerza real — la única que transforma — no se encuentra en controlar cada variable externa. Se encuentra en formar un interior capaz de elegir con conciencia.

Tal vez esa sea la pregunta incómoda que este mensaje nos deja:

Si el mal no nos domina desde afuera…
¿qué estamos dejando crecer dentro?

Me interesa leerte:
¿Creés que el entorno define nuestras acciones o que la verdadera decisión siempre nace en el interior de cada persona?

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